14 de julio de 2011

Para vos, mi nena...

La tarde rueda lentamente, reflejando las ocres sobre su cabello dorado. Te miro y casi no puedo creerlo: ¡Cómo has crecido! Si sólo eras un ovillito tibio, dormitando satisfecha sobre mi pecho... Hoy, la tarde se abre día a día, el asombro de tus ojos, mi nena, ¡Mi nena chiquita, risueña, traviesa! Saltando al dolor, como quien salta a la soga, corriendo a mis brazos, dibujando monigotes en la pared de la pieza. ¡Mi nena mimosa!, desparramando besotes con olor a miel, soltando en el momento menos esperado un "Te quiero", enfático y dulzón. Mi ardillita inquieta y caprichosa, interrumpiendo con tu vital asombro mis divagues, mi descanso, mi labor, mis veintiún años! ¿Quién hubiese dicho, que de tu mano, volvería a descubrir el mundo de una manera maravillosa y única? Cómo imaginarlo entonces, hace dos años y medio, cuando decidí cobijarte en mi vientre ante la oposición general! Hubo quien dijo que arruinaría mi vida, que debería dejar cosas de lado, que era una locura y que estaba sola para enfrentarme a todo. Hubo quien dijo que traer hijos al mundo es muy fácil, pero no así criarlos. Hubo quien nos dio la espalda, quien nos cerró la puerta; pero por cada puerda cerrada, se abría otra, ofreciendonos amistad y calidez, ¡Sin mezquindad! Vi muchas advertencias acerca de los hijos, pero nadie me dijo que inmenso gozo me produciría al verte, avanzar, desplegar las alas, conquistar paso a paso tu independencia. ¡Mi nena!... La tarde se va despacito, como dejando que observe su vida y se lleva tu primera sonrisa, tus pucheros del primer día de la guardería, tu plácido sueño y mis canciones de cuna... La tarde me lleva también a mí. Me arrulla y me alienta a soñarte, a seguir soñando tu infancia, del mismo modo en que hace dos años y medio, soñaba, sin escuchar a nadie, con tu querido rostro.

Te amo Vicky. Karina.

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